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sábado, 8 de junio de 2019

La cultura wichí, entre la biomedicina y los saberes tradicionales

Licenciada en Ciencias Biológicas de la Universidad de Buenos Aires, docente e investigadora del Conicet, María Eugenia Suárez logró encontrar el camino dentro de su profesión cuando conoció la existencia de la etnobiología, disciplina que sumó un aspecto social a su carrera científica. En 2004, comenzó su trabajo con la comunidad wichí al este de la provincia de Salta, en la región del Gran Chaco, que, según sus palabras, "sufre desde hace décadas una devastación ambiental y cultural derivada, entre otros factores, de la contaminación del agua, la deforestación, la introducción de ganado y el avance de la frontera agrícola". La científica agrega que, en sus investigaciones, estudió los saberes, percepciones, sentimientos y prácticas relacionadas a la vegetación del bosque chaqueño por parte de los wichís. Su tesis doctoral, centrada en el estudio de las especies medicinales, fue publicada en el Journal of Ethnopharmacology, revista oficial de la Sociedad Internacional de Etnofarmacología. "Procuré entender y difundir los conocimientos, creencias y modos de relacionarse con la naturaleza, como un aporte para la comprensión de esta cultura particular y para labiodiversidad de la región en general", sostiene.-¿Qué es la etnobiología?
-Es una disciplina científica de carácter intrínsecamente multifacético, que integra teorías y métodos de otras disciplinas, en especial, de la biología y la antropología, aunque a veces utiliza herramientas de la lingüística y de la historia. Nuestro trabajo se basa en el estudio de la relación que establece una cultura con su ambiente natural y los seres vivos de ese entorno, por ejemplo, cómo los denominan, los clasifican y qué uso les dan.-¿Cuáles son los objetivos prioritarios de este tipo de investigaciones?-El primero de ellos es el propio de la ciencia básica: recopilar información desconocida; el segundo, oficiar de interlocutor entre la ciencia académica y la local. Registrar información es la única forma de evitar que esta se pierda o se diluya, sobre todo, ante los vertiginosos cambios que se producen a nivel social y ambiental. Estos datos no son solo valiosos para la humanidad, sino también para los propios wichís que, en muchos casos, lo emplean en el interior de las escuelas y hogares para retransmitir o recuperar algunas cuestiones.-¿Cómo fue su trayectoria dentro de esta disciplina?-A lo largo de mi carrera fui enfocándome en diversos aspectos de la cultura wichí. Estudié temáticas generales, como alimentación, viviendas, cerámica, raíces linguísticas, entre otros aspectos, y me enfoqué en la etnomedicina, que abarca desde qué son para ellos las enfermedades y la salud, hasta la elaboración de un catálogo de plantas medicinales y sus usos específicos. En cuanto a la etnobotánica del bosque, realicé el relevamiento de la flora y sus usos, dentro del contexto del vínculo naturaleza-cultura que incluye a los seres metafísicos o espirituales vinculados con las plantas y los hongos.-El resultado de su investigación sobre plantas medicinales fue la elaboración de un catálogo que incluye 115 especies, su uso específico y su función terapéutica. 
La recolección de muestras del herbario y el diálogo con la comunidad wichí permitió a los investigadores verificar sus usos tradicionales. Foto: Fernando Calzada.
¿Cómo logró un registro tan completo?-Ante todo, conté con la colaboración de más de 50 personas de distintas comunidades, sin las cuales hubiera sido imposible realizar esta tarea. El principal problema que debí enfrentar fue poder unificar las denominaciones de las plantas para su identificación, ya que muchas especies pueden tener diversos nombres vernáculos. Fue muy difícil encontrar fuentes con las que cotejar datos porque, aunque hay muchos trabajos sobre la región, no está diferenciada claramente la cultura wichí. Otra meta fue determinar la evolución en el uso de las plantas medicinales, y pude comprobar que, si bien los wichís mantienen saberes antiguos, han sumado muchos otros, producto del contacto con los criollos del Chaco, campesinos locales no indígenas cuya farmacopea, uso de plantas medicinales y productos naturales, es muy cuantiosa. Entre los factores que determinaron la incorporación de nuevos conocimientos, está la cada vez menor presencia de chamanes, debido al descrédito sufrido por su ineficacia ante la aparición de enfermedades nuevas como el sarampión; al empeoramiento de la salud, hecho vinculado a los cambios de alimentación originados en la pérdida de territorio y de biodiversidad, y a la esencia misma de una comunidad ávida de nuevos conocimientos. Ojalá este primer compendio etnobotánico ayude a difundir la diversidad cultural y biológica del mundo.
-Usted convivió mucho tiempo con las comunidades wichís. ¿Le resultó fácil ser aceptada y acceder a su mundo?-Como en todos los ámbitos, es fundamental relacionarse y ganar la confianza del otro. En este tipo de trabajo, el primer paso es presentarse y explicar qué se quiere investigar, para qué y cuál será el destino final de la información. En mi caso, fui muy bien recibida, y la mayoría de la gente expresó interés en que se conociera su sabiduría, su cultura y cosmovisión. Pese a la dificultad de entender los fines académicos para quienes viven alejados de todo, a medida que se van generando vínculos personales, comienza a correr el boca a boca, y todo es más sencillo.
-¿Cómo es el trabajo de campo?-Yo voy entre un mes y 45 días, una o dos veces al año, y hago base en un pueblo llamado "Coronel Solá" –conocido como "Morillo"– donde hay una asociación civil que tiene un centro con habitaciones donde suelo dormir. Pero cuando voy a la aldea, paro en carpa; y es lo que más me gusta y funciona. Mi trabajo se desarrolla en comunidades que están en la periferia de pueblos o en aldeas ubicadas más adentro del monte. Recorro el entorno para conocer el contexto ambiental y recojo muestras de herbario de plantas, de hongos, restos de animales, etc. Estas recolecciones sirven como referencia para identificar tanto plantas como animales, de modo de reconocerlos y poder hacer una traducción de su ciencia a la nuestra y viceversa.
-¿Qué técnicas se utilizan?-Son variadas. Una de ellas consiste en recoger material del monte, acompañada de una persona de la comunidad, y registrar las denominaciones que, como dije, suelen diferir, según el origen y el dialecto de las comunidades. Otra es realizar entrevistas para abordar temáticas generales o repasar lo visto en la salida y profundizar en el tema plantas, hongos y animales. Estos encuentros son especialmente enriquecedores, porque en ellos surgen relatos míticos, narrativas diversas y cuestiones relacionadas con los seres espirituales, entre otros asuntos que a uno no se le hubiera ocurrido preguntar. Por último, cuando puedo, trato de acompañar las actividades programadas de la comunidad en una especie de observación participante muy fructífera para mí.
-Usted mencionó anteriormente la creencia en seres metafísicos, ¿a qué se refiere?-Son seres que se encuentran en el bosque –lo que llamamos "espíritus"– y se vinculan de algún modo con algunos seres vivos o elementos de la naturaleza. Hay un grupo en particular que podemos llamar "señores o dueños" del monte o del río o del agua, cuya función es actuar ante cualquier transgresión. Cuando un wichí transgrede una pauta cultural, en forma consciente o no, estos seres pueden aparecerse y asustar a las personas. Ese susto es una de las causas por las que el alma se puede separar del cuerpo, y esa separación motiva las enfermedades verdaderas y es, entonces, necesario recurrir a un especialista que trabaje a nivel espiritual.
-¿Qué clase de especialistas?-Básicamente, chamanes, pero en la actualidad, se agregaron curanderos criollos y pastores de distintas iglesias que pueden actuar cada uno en un ámbito específico.
-¿Tienen acceso a la medicina formal?-Depende de dónde esté ubicada la comunidad, ya que algunas se encuentran en lugares muy poco accesibles, y la realidad es que la medicina disponible es de muy baja calidad, y son muy pocos los recursos. A diferencia de lo que se cree, la gente emplea todo aquello que considera útil. Y, según el diagnóstico, se recurre al hospital, a los pastores de la iglesia, al curandero, al chamán o se intenta curar con plantas medicinales o derivados animales. En general, utilizan las plantas medicinales para lo que consideran dolencias menores o síntomas de enfermedad (tos, fiebre, heridas, dolor de cabeza, dolencias digestivas). Si se trata de una enfermedad verdadera –sarampión, varicela, tuberculosis, etc.–, ahí es cuando recurren a la medicina formal.-¿Este tipo de investigaciones puede tener algún impacto en las decisiones políticas?-Estoy convencida de que sí. Conociendo los alimentos, las plantas medicinales, la relación con los recursos del monte y entendiendo la conjunción entre lo social y lo cultural, es factible generar proyectos de manejo sustentable en beneficio de las comunidades locales. Aunque hay varios planes en marcha, es necesario que exista la voluntad política de expandirlos; el argumento de que es necesario desmontar para generar productividad es de una gran ignorancia: plantas medicinales, alimentos, tinturas naturales, artesanías, todo puede ser utilizado. Es probable que la resistencia a reconocer los saberes de las comunidades se relacione con el hecho de que esos conocimientos pueden ir en contra del modelo de explotación actual, de intereses políticos, ideológicos y económicos, entre otros.-¿Le gustaría agregar algo más?-Me interesa difundir los reclamos de la gente, que se relacionan fundamentalmente con el territorio, la pérdida de la biodiversidad y el uso de agroquímicos. El avance del modelo agroindustrial representa la pérdida del medio de vida, la subsistencia, la alimentación y la medicina de la comunidad wichí. La relación naturaleza-cultura es clave en su cosmovisión, por lo cual si el entorno se devasta, no pueden identificarse más con él, se pierde la historia del pueblo; dicho de otro modo, el pueblo no solo pierde su subsistencia, sino que se pierde a sí mismo.*La versión original de esta nota será publicada en la Revista DEF N. 127.https://www.infobae.com/def/desarrollo/2019/06/08/la-cultura-wichi-entre-la-biomedicina-y-los-saberes-tradicionales/

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Aprueban una droga que permite reprogramar las células que atacan a los tumores

La pesadilla de la familia Whitehead comenzó un día del 2010 cuando Emily, entonces de cinco años, recibió un diagnóstico devastador: sufría de leucemia linfoide aguda, el tipo más común entre niños y adolescentes, y cuya mortalidad es de 15 por cada 100 enfermos.
Emily tuvo dos ciclos de quimioterapia, pero a pesar del bombardeo químico la enfermedad no cedió. Los médicos dijeron entonces que la única salida era realizarle un trasplante de médula ósea. Pero la nena no pudo llegar a esa instancia porque la agresividad del cáncer había aumentado. A sus seis años, Emily parecía no tener salida.
Mientras tanto, en el Hospital Infantil de Filadelfia, un grupo de especialistas estaba probando un nuevo tratamiento experimental contra el mismo tipo de cáncer de que sufría la chica. Pese a que el fármaco no había sido probado en niños, Emily Whitehead fue aceptada. Una máquina removió parte de la sangre del cuerpo de la nena para extraer las células blancas (los leucocitos), que forman el ejército de defensa del organismo. Un virus de HIV modificado genéticamente reprogramó las células blancas para que comenzaran a atacar al cáncer. “Teníamos dos opciones: arriesgarnos o ir a casa y esperar a que el tiempo pasara”, dice el padre de la niña, Tom Whitehead. “Fue muy difícil asistir a todo eso. Los médicos afirmaban que mi hija tenía menos de una chance en mil de sobrevivir”. Emily sobrevivió y ahora entró en la historia de la medicina. La terapia que recibió la niña fue recientemente aprobada por la Agencia de Medicamentos y Alimentos de los Estados Unidos (la FDA, similar a nuestra ANMAT). “Estamos abriendo una nueva frontera de innovación médica, a partir de la posibilidad de reprogramar las células del mismo paciente para atacar a un cáncer mortal”, se entusiasma Scott Gottlieb, director de la FDA. El entusiasmo es contagioso: “Fue lo más excitante que ví en toda mi vida”, dice el oncólogo Tim Cripe, del Nationwide Children´s Hospital, uno de los centros de referencia en tratamientos infantiles en los Estados Unidos. El medicamento aprobado por la FDA fue desarrollado por el laboratorio suizo Novartis bajo el nombre comercial Kymriah, y es el primero de la terapia CAR-T. La aprobación fue concedida para el tratamiento de la leucemia linfoide aguda, la más común, responsable del 70% de las leucemias en niños y adolescentes. Pero los especialistas apuestan, en breve, a que la terapia celular de este tipo, una manera individual de tratar el cáncer, pueda ser aplicada para atacar otros tumores. En estos momentos hay cuarenta estudios que se están llevando a cabo para poner a prueba los efectos del tratamiento para los cánceres de riñón, próstata, intestinos, ovarios y páncreas, entre otros.
El núcleo
El tratamiento gira en torno a la técnica más nueva y disruptiva de la oncología actual. A partir de la reprogramación de las células de la sangre, el propio organismo del paciente se convierte en un remedio contra el cáncer, y ataca exclusivamente a las células enfermas, cuidando a las saludables. Es decir, lo contrario de lo que sucede durante las sesiones de quimioterapia convencionales.
El método, conocido como CART-T, comenzó a ser probado en el año 2012 y desde entonces los resultados han sido muy satisfactorios. En 52 de los 63 niños y jóvenes de entre 3 y 23 años que se sometieron al tratamiento (Emily, entre ellos) la leucemia desapareció. Todos los pacientes estaban desahuciados. Ya habían pasado por todos los tratamientos terapéuticos posibles, sin éxito.
La base de acción del tratamiento estriba en el sistema de defensa del organismo, una compleja orquesta compuestas por células y sustancias que defienden al cuerpo de virus, bacterias y tumores. Para poder crecer, los tumores necesitan hallar formas de derribar las defensas del organismo y bloquear su capacidad natural de luchar. Lo que hace el medicamento aprobado es ayudar al sistema inmunológico a reconocer el cáncer como una amenaza, y atacarlo.
El primer paso para comenzar el tratamiento es extraer una muestra de 200 mililitros de sangre del enfermo. De ese material, se separan los linfocitos T, las células que comandan la sinfonía del sistema inmunológico. En el laboratorio, los linfocitos T son alterados para que puedan recibir un receptor, el CAR, que es una partícula diseñada para dirigirse hacia un blanco específico. En el caso del Kymriah la molécula es la CD19, que se encuentra en la superficie de las células con leucemia linfoide aguda.
El segundo paso del tratamiento es lograr que los linfocitos T, ya con el CAR dentro, se multipliquen. Cuando son reinyectados en la corriente sanguínea del enfermo, los linfocitos T reconocen y matan a las células cancerígenas. El cáncer desaparece.
Los desafíos
Sin embargo, no todas son buenas noticias. Hay más de un problema a resolver. El costo del tratamiento es uno. Es muy elevado, nada menos que 475 mil dólares. Y no se trata de un medicamento que se compre en una farmacia, el acceso se dará a través de hospitales.
El efecto colateral de la terapia no es leve. La respuesta exacerbada del sistema inmune puede causar fiebre muy alta, dificultad para respirar, baja abrupta de la presión e hinchazón de órganos. Los especialistas advierten que, teniendo en cuenta que las reacciones adversas pueden ser graves, el tratamiento deberá ser hecho acompañado de un monitoreo continuo.
Otro punto, que afecta directamente tanto sobre el precio como por sobre la disponibilidad del fármaco, es que su fabricación es absolutamente individual. Depende, por lo tanto, de un proceso muy complejo. Actualmente hay 32 centros especializados para el desarrollo de la droga.
El camino de CART-T comenzó en 1990, cuando el químico e inmunólogo Zelig Eshhar, del Instituto de Ciencia Weizmann (Israel) se reunió con el estadounidense Steven Rosenberg, de los Instituto Nacionales de Salud (NIH, de los EE.UU.) para desarrollar las primeras células en laboratorio. Fueron necesarios veinte años para hacer que se multiplicasen de manera eficaz y, al mismo tiempo, disminuyeran los efectos colaterales.
La terapia actual está diseñada para ser absolutamente individual, y solo fue posible a partir de la combinación de conocimientos científicos sobre el sistema inmunológico, en particular por los avances en el campo de la manipulación genética.
El primer paso se dió en el año 2003, con la conclusión del Proyecto Genoma, cuando el ADN humano fue rastreado en su totalidad. Como el cáncer es una enfermedad que se desarrolla por alteraciones en el ADN, “la comprensión de los cambios en el origen de esas variaciones abrió la puerta para el advenimiento de la medicina personalizada”, explica Marcelo Crus, oncólogo clínico de la división de Hematología y Oncología de la Universidad Northwestern, en Chicago.
Hasta hace poco tiempo, los fundamentos para el tratamiento del cáncer se basaban en tres pilares: cirugía, quimioterapia y radioterapia. Esas estrategias siguen siendo indispensables para la mayoría de los tumores. El problema allí es que la quimioterapia ataca también a las células saludables. Desarrolladas en la década del ’90, las llamadas terapias-blanco fueron las pioneras de los tratamientos direccionados. El medicamento que inauguró ese tipo de fármaco fue el trastuzumable, aprobado en los Estados Unidos en 1998 para tumores de mama.
La terapia-blanco está proyectada para bloquear el crecimiento y la diseminación de las células cancerígenas, evitando afectar a las saludables. La inmunoterapia, núcleo de la droga Kymriah, el apogeo del tratamiento personalizado, es la que hace que el propia sea el que se defienda, y es mucho más reciente: surgió en el año 2011. A pesar de lo impactante del anuncio sobre la aprobación de este medicamento, falta mucho para decir que se está delante de la bala de planta contra el cáncer. Las células tumorales, por la misma complejidad que plantea la enfermedad, continuarán planteando un enigma.
El núcleo
El tratamiento gira en torno a la técnica más nueva y disruptiva de la oncología actual. A partir de la reprogramación de las células de la sangre, el propio organismo del paciente se convierte en un remedio contra el cáncer, y ataca exclusivamente a las células enfermas, cuidando a las saludables. Es decir, lo contrario de lo que sucede durante las sesiones de quimioterapia convencionales.
El método, conocido como CART-T, comenzó a ser probado en el año 2012 y desde entonces los resultados han sido muy satisfactorios. En 52 de los 63 niños y jóvenes de entre 3 y 23 años que se sometieron al tratamiento (Emily, entre ellos) la leucemia desapareció. Todos los pacientes estaban desahuciados. Ya habían pasado por todos los tratamientos terapéuticos posibles, sin éxito.
La base de acción del tratamiento estriba en el sistema de defensa del organismo, una compleja orquesta compuestas por células y sustancias que defienden al cuerpo de virus, bacterias y tumores. Para poder crecer, los tumores necesitan hallar formas de derribar las defensas del organismo y bloquear su capacidad natural de luchar. Lo que hace el medicamento aprobado es ayudar al sistema inmunológico a reconocer el cáncer como una amenaza, y atacarlo.
El primer paso para comenzar el tratamiento es extraer una muestra de 200 mililitros de sangre del enfermo. De ese material, se separan los linfocitos T, las células que comandan la sinfonía del sistema inmunológico. En el laboratorio, los linfocitos T son alterados para que puedan recibir un receptor, el CAR, que es una partícula diseñada para dirigirse hacia un blanco específico. En el caso del Kymriah la molécula es la CD19, que se encuentra en la superficie de las células con leucemia linfoide aguda.
El segundo paso del tratamiento es lograr que los linfocitos T, ya con el CAR dentro, se multipliquen. Cuando son reinyectados en la corriente sanguínea del enfermo, los linfocitos T reconocen y matan a las células cancerígenas. El cáncer desaparece.
Los desafíos
Sin embargo, no todas son buenas noticias. Hay más de un problema a resolver. El costo del tratamiento es uno. Es muy elevado, nada menos que 475 mil dólares. Y no se trata de un medicamento que se compre en una farmacia, el acceso se dará a través de hospitales.
El efecto colateral de la terapia no es leve. La respuesta exacerbada del sistema inmune puede causar fiebre muy alta, dificultad para respirar, baja abrupta de la presión e hinchazón de órganos. Los especialistas advierten que, teniendo en cuenta que las reacciones adversas pueden ser graves, el tratamiento deberá ser hecho acompañado de un monitoreo continuo.
Otro punto, que afecta directamente tanto sobre el precio como por sobre la disponibilidad del fármaco, es que su fabricación es absolutamente individual. Depende, por lo tanto, de un proceso muy complejo. Actualmente hay 32 centros especializados para el desarrollo de la droga.
El camino de CART-T comenzó en 1990, cuando el químico e inmunólogo Zelig Eshhar, del Instituto de Ciencia Weizmann (Israel) se reunió con el estadounidense Steven Rosenberg, de los Instituto Nacionales de Salud (NIH, de los EE.UU.) para desarrollar las primeras células en laboratorio. Fueron necesarios veinte años para hacer que se multiplicasen de manera eficaz y, al mismo tiempo, disminuyeran los efectos colaterales.
La terapia actual está diseñada para ser absolutamente individual, y solo fue posible a partir de la combinación de conocimientos científicos sobre el sistema inmunológico, en particular por los avances en el campo de la manipulación genética.
El primer paso se dió en el año 2003, con la conclusión del Proyecto Genoma, cuando el ADN humano fue rastreado en su totalidad. Como el cáncer es una enfermedad que se desarrolla por alteraciones en el ADN, “la comprensión de los cambios en el origen de esas variaciones abrió la puerta para el advenimiento de la medicina personalizada”, explica Marcelo Crus, oncólogo clínico de la división de Hematología y Oncología de la Universidad Northwestern, en Chicago.
Hasta hace poco tiempo, los fundamentos para el tratamiento del cáncer se basaban en tres pilares: cirugía, quimioterapia y radioterapia. Esas estrategias siguen siendo indispensables para la mayoría de los tumores. El problema allí es que la quimioterapia ataca también a las células saludables. Desarrolladas en la década del ’90, las llamadas terapias-blanco fueron las pioneras de los tratamientos direccionados. El medicamento que inauguró ese tipo de fármaco fue el trastuzumable, aprobado en los Estados Unidos en 1998 para tumores de mama.
La terapia-blanco está proyectada para bloquear el crecimiento y la diseminación de las células cancerígenas, evitando afectar a las saludables. La inmunoterapia, núcleo de la droga Kymriah, el apogeo del tratamiento personalizado, es la que hace que el propia sea el que se defienda, y es mucho más reciente: surgió en el año 2011. A pesar de lo impactante del anuncio sobre la aprobación de este medicamento, falta mucho para decir que se está delante de la bala de planta contra el cáncer. Las células tumorales, por la misma complejidad que plantea la enfermedad, continuarán planteando un enigma.
El núcleo
El tratamiento gira en torno a la técnica más nueva y disruptiva de la oncología actual. A partir de la reprogramación de las células de la sangre, el propio organismo del paciente se convierte en un remedio contra el cáncer, y ataca exclusivamente a las células enfermas, cuidando a las saludables. Es decir, lo contrario de lo que sucede durante las sesiones de quimioterapia convencionales. El método, conocido como CART-T, comenzó a ser probado en el año 2012 y desde entonces los resultados han sido muy satisfactorios. En 52 de los 63 niños y jóvenes de entre 3 y 23 años que se sometieron al tratamiento (Emily, entre ellos) la leucemia desapareció. Todos los pacientes estaban desahuciados. Ya habían pasado por todos los tratamientos terapéuticos posibles, sin éxito. La base de acción del tratamiento estriba en el sistema de defensa del organismo, una compleja orquesta compuestas por células y sustancias que defienden al cuerpo de virus, bacterias y tumores. Para poder crecer, los tumores necesitan hallar formas de derribar las defensas del organismo y bloquear su capacidad natural de luchar. Lo que hace el medicamento aprobado es ayudar al sistema inmunológico a reconocer el cáncer como una amenaza, y atacarlo. El primer paso para comenzar el tratamiento es extraer una muestra de 200 mililitros de sangre del enfermo. De ese material, se separan los linfocitos T, las células que comandan la sinfonía del sistema inmunológico. En el laboratorio, los linfocitos T son alterados para que puedan recibir un receptor, el CAR, que es una partícula diseñada para dirigirse hacia un blanco específico. En el caso del Kymriah la molécula es la CD19, que se encuentra en la superficie de las células con leucemia linfoide aguda. El segundo paso del tratamiento es lograr que los linfocitos T, ya con el CAR dentro, se multipliquen. Cuando son reinyectados en la corriente sanguínea del enfermo, los linfocitos T reconocen y matan a las células cancerígenas. El cáncer desaparece.
Los desafíos
Sin embargo, no todas son buenas noticias. Hay más de un problema a resolver. El costo del tratamiento es uno. Es muy elevado, nada menos que 475 mil dólares. Y no se trata de un medicamento que se compre en una farmacia, el acceso se dará a través de hospitales.
El efecto colateral de la terapia no es leve. La respuesta exacerbada del sistema inmune puede causar fiebre muy alta, dificultad para respirar, baja abrupta de la presión e hinchazón de órganos. Los especialistas advierten que, teniendo en cuenta que las reacciones adversas pueden ser graves, el tratamiento deberá ser hecho acompañado de un monitoreo continuo. Otro punto, que afecta directamente tanto sobre el precio como por sobre la disponibilidad del fármaco, es que su fabricación es absolutamente individual. Depende, por lo tanto, de un proceso muy complejo. Actualmente hay 32 centros especializados para el desarrollo de la droga. El camino de CART-T comenzó en 1990, cuando el químico e inmunólogo Zelig Eshhar, del Instituto de Ciencia Weizmann (Israel) se reunió con el estadounidense Steven Rosenberg, de los Instituto Nacionales de Salud (NIH, de los EE.UU.) para desarrollar las primeras células en laboratorio. Fueron necesarios veinte años para hacer que se multiplicasen de manera eficaz y, al mismo tiempo, disminuyeran los efectos colaterales. La terapia actual está diseñada para ser absolutamente individual, y solo fue posible a partir de la combinación de conocimientos científicos sobre el sistema inmunológico, en particular por los avances en el campo de la manipulación genética. El primer paso se dió en el año 2003, con la conclusión del Proyecto Genoma, cuando el ADN humano fue rastreado en su totalidad. Como el cáncer es una enfermedad que se desarrolla por alteraciones en el ADN, “la comprensión de los cambios en el origen de esas variaciones abrió la puerta para el advenimiento de la medicina personalizada”, explica Marcelo Crus, oncólogo clínico de la división de Hematología y Oncología de la Universidad Northwestern, en Chicago. Hasta hace poco tiempo, los fundamentos para el tratamiento del cáncer se basaban en tres pilares: cirugía, quimioterapia y radioterapia. Esas estrategias siguen siendo indispensables para la mayoría de los tumores. El problema allí es que la quimioterapia ataca también a las células saludables. Desarrolladas en la década del ’90, las llamadas terapias-blanco fueron las pioneras de los tratamientos direccionados. El medicamento que inauguró ese tipo de fármaco fue el trastuzumable, aprobado en los Estados Unidos en 1998 para tumores de mama. La terapia-blanco está proyectada para bloquear el crecimiento y la diseminación de las células cancerígenas, evitando afectar a las saludables. La inmunoterapia, núcleo de la droga Kymriah, el apogeo del tratamiento personalizado, es la que hace que el propia sea el que se defienda, y es mucho más reciente: surgió en el año 2011. A pesar de lo impactante del anuncio sobre la aprobación de este medicamento, falta mucho para decir que se está delante de la bala de planta contra el cáncer. Las células tumorales, por la misma complejidad que plantea la enfermedad, continuarán planteando un enigma.http://noticias.perfil.com/2017/09/25/aprueban-una-droga-que-permite-reprogramar-las-celulas-que-atacan-a-los-tumores/

martes, 22 de agosto de 2017

La Argentina sobremedicada

"Pastillas, la última esperanza negra: podés pedirle pastillas a tu suegra". Andrés Calamaro no fue metafórico en "Clonazepán y circo", aquella oda sobre una sociedad empastillada y decadente. Todo lo contrario: ¿o acaso no es cierto que ante cualquier dolencia se recurre con rapidez al pastillero de un familiar, amigo o amiga, compañero o compañera de trabajo antes que a una consulta médica? ¿O acaso no es común que cuando alguien acusa alguna dolencia, sea el lugar en el que esté, enseguida le llueven recomendaciones y ofrecimientos directos sobre qué pastilla tomar? ¿Tampoco es cierto que cuando se visita a un doctor ya se llega con el supuesto conocimiento del remedio necesitado y se le exige, con toda urgencia, una receta para poder comprarlo? Vivimos en una sociedad sobremedicada, dicen los que saben. El diagnóstico de los especialistas está fundado no solo en los números que arroja el mercado farmacéutico, sino en la percepción cotidiana que surge del contacto con pacientes altamente influenciados por incursiones publicitarias que nos enseñan, entre otras cosas, que podemos comer y tomar salvajemente y luego recurrir a un protector gástrico, prevenir infartos con una pastillita, curar contracturas musculares en forma instantánea y eliminar ese dolor que nos tortura como un martillo neumático la cabeza. Analgésicos, antiácidos, descongestivos nasales, antibióticos y psicofármacos forman parte de un cóctel al que se accede de manera cotidiana, muchas veces sin receta, sin control y, peligrosamente, sin información sobre los efectos secundarios y adversos que muchas de esas drogan conllevan. Un estudio del Hospital de Clínicas indica que tres de cada cuatro personas se automedican. Que el 75% de la población acuda a medicamentos sin prescripción no solo significa un gran negocio para la industria, que en 2016 vendió más de 700 millones de pastillas y facturó más de $9.000 millones, sino también un riesgo concreto para la salud: casi 22.000 personas mueren por año por el mal uso de las drogas que se autorrecetan, según revela un estudio del Instituto de Estudios sobre Políticas de Salud (IEPS). Cada argentino consume por año 17,5 medicamentos, tanto a través de recetas como de remedios de venta libre, que representan el 25% del mercado y el 10% de la facturación total. Son casi 200 millones de comprimidos que se llevan al bolsillo del caballero y a la cartera de la dama sin ningún tipo de seguimiento, ni mucho menos conocimiento sobre los riesgos de combinarlos con otras drogas, que incluso podrían desencadenar problemas más graves que la dolencia que se pretende atacar. Sin embargo, el dato más alarmante, resalta Noelia Pontello, neuróloga de la Fundación Favaloro y del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco), es que el 60% de quienes consumen psicofármacos lo hace sin receta. Este dato quizás explique, en parte, que la dispensa de antiepilépticos (con el clonazepam a la cabeza) haya aumentado un 128% en 10 años. Y, como todo tiene que ver con todo, la venta de antidepresivos subió, en el mismo período, un 105%. 
En el país, tres de cada cuatro personas se automedican. Solo en 2016 se vendieron más de 700 millones de pastillas, con los psicofármacos en sostenido ascenso. Entre el negocio de los laboratorios y la laxitud de algunos profesionales, por qué cada vez necesitamos más químicos para vivir.
Por eso, tampoco llamó tanto la atención de la academia cuando el Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos reveló un crecimiento exponencial del consumo de píldoras para dormir, con las benzodiazepinas e hipnóticos como vedettes, también en los últimos años. Con todo ese combo en el pastillero, una píldora más por año por argentino (a razón de 42 millones de pastillas dispensadas anualmente) ingresa en el parámetro siempre discutible de la normalidad. Para Carlos Damin, jefe de cátedra de Toxicología de la UBA y director de la División de Toxicología del Hospital Fernández, nada de todo esto es sorprendente. "En la Argentina prevalece una alta medicalización, que combina una prescripción desmedida por parte de los médicos y una automedicación muy preocupante", dice. Desde 2011, en el Fernández llevan una estadística sobre los casos de personas que llegan con un cuadro de intoxicación. Siempre arrojó el mismo resultado: primero, alcohol; segundo, medicamentos. Damin ensaya una explicación: "Hay un sí fácil de los médicos, los farmacéuticos muchas veces venden sin receta (que para muchos medicamentos está archivada), y la gente pide y convida muchas de estas drogas con facilidad. En todos los estudios disponibles, la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores lideran el ranking de consumo de medicamentos, sobre todo de tranquilizantes. Ahí donde la vida y sus tensiones se elevan hasta el colapso, donde el ritmo frenético y desembozadamente agresivo se vuelve cultura, la pastilla está siempre a mano como un bálsamo de composición química. Y lo que entra por la boca suele irse por el inodoro: un estudio de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de La Plata encontró en el 100% de los efluentes cloacales la presencia de productos farmacéuticos. Los compuestos que encontraron los científicos fueron: cafeína, ibuprofeno, carbamazepina (ansiolítico), atenolol (para enfermedades cardiovasculares) y diclofenac. Dice el estudio que los "resultados fueron los esperados teniendo en cuenta la información aportada por las farmacias privadas y hospitalarias respecto de los volúmenes de comercialización locales". El pastillero negro Ahora bien, hasta aquí las consecuencias estadísticas y económicas (grandiosas para algunos, perniciosas para otros) de la cuestión. ¿Cuáles son los riesgos de este cóctel vendido con carita de emoticón feliz pero que esconde su cara más oscura en los prospectos escritos en miniatura? Pontello hace mucho hincapié en los psicofármacos, que generan una dependencia atroz y afectaciones a nivel cognitivo y fisiológico. La Administra­ción de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA por su sigla en inglés) habla de "cajas negras" en relación con este tipo de drogas y recomienda revisar la prescripción cada cuatro, ocho y 12 semanas, algo que muy rara vez sucede. "Hay riesgo de muerte súbita, suicidio, depresión prolongada -dice Pontello-. Al no revisar el tratamiento, muchas veces pasa que el médico prescribió, por ejemplo, un clonazepam hace cinco años y la persona lo sigue tomando sin ningún tipo de control". En el pastillero loco de la vida occidentalizada, las píldoras para dormir son un infaltable. Estas drogas tienen un efecto inmediato -ayudan, ni más ni menos, a conciliar el preciado sueño-, pero a la vez pueden producir una adicción escalonada siempre hacia un mayor consumo. Así lo explica Claudio Ucchino, director general del Colegio de Farmacéuticos y Bioquímicos: "Al producir acostumbramiento, hay que aumentar la dosis para generar el mismo efecto, es decir, dormir". Damin apunta que, en un mundo ideal, el tratamiento con benzodiazepinas e hipnóticos no debería durar más de tres meses, pero, lamentablemente, la gente suele continuar los tratamientos por años y años. "Este tipo de medicamentos producen alteraciones neurocognitivas, pérdida de memoria, dificultades de aprendizaje: son dañinos para la salud", señala. La afectación fisiológica es la más evidente: se convierte en antinatural una necesidad natural como dormir y se empieza a depender de un fármaco para poder cerrar los ojos y descansar. A diferencia de lo que se cree desde el sentido común, los medicamentos de venta libre quizá sean, a su manera, los más peligrosos porque la percepción del riesgo -al conseguirse con mayor facilidad- está totalmente ausente. "La ingesta de estas drogas elevan la posibilidad de in­toxicaciones y puede provocar, en algunos casos, la muerte", dice Uc­chino. ¿De qué estamos hablando entonces? "Un anties­pasmódico, por ejemplo, la Busca­pina, puede enmascarar un cuadro de apendicitis y derivar en una pe­ritonitis con riesgo de muerte. O la aspirina, que licúa la sangre y au­menta la hemorragia cerebral en quienes estén sufriendo un ACV". La FDA, de hecho, afir­ma que las aspirinas pueden provo­car "sangrado en el estómago y en el cerebro". La misma entidad norteamericana recomendó a los médicos que dejaran de recetar fármacos que contengan más de 325 mg de paracetamol por com­primido porque pueden dañar el hígado. Damin advierte sobre el consumo de aquellos medicamentos que se combinan y se venden como compuestos antigripales, que en muchos casos poseen sustancias peligrosas como la seudoefedrina. Esta sustancia, agrega, eleva la presión arterial y puede generar problemas insospechados en personas que no saben (de hecho, el 40% no lo sabe) que son hipertensas. Por último, el ibuprofeno, quizá la más difundida de las drogas de venta libre, se expende en comprimidos de hasta 600 mg, pero se exi­ge receta para dosis más elevadas. Los especialistas aseguran que muchas personas eluden el control tomando dos píldoras de 400 mg para acelerar los efectos. El exce­so de ibuprofeno y su uso prolon­gado puede provocar daños gás­tricos, hepáticos y renales. Estas malas conductas fueron estudiadas por la Confederación Farmacéutica Argentina (COFA), que corroboró, en una encuesta realizada en las ciudades de Buenos Aires y Córdoba, que el 55% toma medicamentos de venta libre sin averiguar el riesgo de las interacciones con otros remedios. La contundencia de los resultados desnuda la complejidad del problema: el 82% no hace ninguna consulta a la hora de consumir remedios de venta libre y un 18% acude a cualquier droga sin recurrir a un profesional: simplemente, lo hacen por recomendación de un familiar. Apenas el 37% tiene una receta. Pontello asegura que esta situación ocasiona un empobrecimiento del sistema de salud: "Si un paciente está con ocho medicaciones cuando podría estar con cuatro, genera un gasto importante tanto para los pacientes como para los efectores de salud". Además, sucede que muchas medicaciones se terminan prescribiendo para tratar efectos adversos de otras. La Fundación Conamed calculó que por cada peso gastado en medicamentos, se destinan otros 10 para neutralizar los efectos colaterales posteriores, a causa de una medicación errónea o de su consumo excesivo. "Tenemos una preocupante cultura de autoconsumo y consu­mo sin control profesional. Contrariamente a lo que difunden las publicidades, los medicamentos de venta libre no son inocuos, sino que tienen efectos adversos, ade­más de que interactúan con otros fármacos que la persona pudiera estar tomando", advierte la COFA. 
Lo recomiendan en la tele 
El señalamiento al mundo publicitario no es aleatorio. Una de las ra­zones de esa conducta es la ex­posición constante a campa­ñas publicitarias, muchas veces con mensajes engañosos que solo muestran los beneficios y no ofrecen ninguna información so­bre los riesgos o contraindicacio­nes. Damin sube la apuesta y pide que directamente se prohíban las publicidades de medicamentos: "La publicidad que tenemos es nociva porque no informa. Te ponen a modelos, actores y actrices, para decirte lo buena que es la vida y lo bomba que la podés pasar si te tomás una aspirina. Está mal. No es un bien de consumo, es un bien social". Si bien el mercado farmacéutico está regulado por la Ley 26.567, que autoriza la dispensa de medicamentos solo en las farmacias, el cumplimento -sabemos todos- es muy flaco. Algunas de estas pastillas se encuentran en kioscos y supermercados. Incluso está en discusión el modelo de farmacia que ha proliferado en las ciudades más populosas y que son una suerte de shopping donde lo que importa es el estímulo al consumo. En la Ciudad de Buenos Aires, donde el lobby de la Cámara de Medicamentos de Venta Libre tiene mayor injerencia, hubo distintas iniciativas para autorizar las farmacias góndola y el delivery de pastillas que, finalmente, tras debates intensos y medidas judiciales, no prosperaron. Dice Pontello que la apuesta de confundir la venta de otros artículos de consumo masivo con los medicamentos es parte del problema porque estimula la automedicación. "Que estén al alcance de la mano genera en quien los compra la falsa idea de que no pueden hacer ningún daño", asegura. Como indica Damin, los medicamentos no son bienes de con­sumo, "entonces no pueden estar en un su­permercado o en farmacias que parezcan supermercados. No puede haber góndolas y tampoco pueden vender golosinas porque entiendo que los kiosqueros se enojen. Un medicamento no es una golosina". La pregunta que sobrevuela es por qué sucede esto; por qué los argentinos, subsumidos en una cultura cada vez más frenética, recaemos en la ayuda farmacológica para superar los dolores de la vida. Una de las respuestas es que el ritmo avasallante de las ciudades posmodernas, el estrés cotidiano relacionado con las demandas laborales, los malos hábitos alimenticios, el consumo de alcohol en cantidades y los trastornos de ansiedad se combinan fatídicamente con un "sí" fácil de los médicos, que prescriben a mansalva estas píldoras. "Los pacientes esperan una solución para todo ya (una píldora mágica que cure todo, incluso «el dolor de vivir»). El buen médico ejerce con dos éticas: la de la ignorancia (compartir los límites) y la de la negativa, decir amablemente «no», con ciencia, con simpatía, con firmeza, tanto a pacientes como a colegas y superiores", dice el español Juan Gérvas, doctor en Medicina, investigador y docente, conocido por sus críticas a la industria de la medicina, a la que acusa de abusar del diagnóstico precoz para favorecer a las farmacéuticas. Para Gérvas, la población y los pacientes no son ajenos ("inocentes") respecto de esta medicina "descontrolada, soberbia y sin límites". Los pacientes y la población quieren todo, aquí y ahora. "Por ejemplo -continúa el médico español-, se aspira a la juventud eterna y se rechaza el envejecimiento y la muerte, y para conseguir tal imposible la población y los pacientes se someten y exigen una medicina omnipotente. No hay una píldora para cada problema e inconveniente de la vida". En ese marco, el médico siente la presión de tener que prescribir algo porque la gente llega con una demanda inmediata y quiere una solución rápida a la dolencia que no le permite seguir con la vida alocada que lleva día a día. "Y también uno como médico no sabe darles jerarquía a las prescripciones no farmacológicas: hacer dieta, psicoterapia, ejercicio. El médico debe empezar a prescribir eso", apunta Pontello. La neuróloga de la Fundación Favaloro quizá da en el clavo. Se tratan los síntomas y no las causas: es más fácil tomar un antidepresivo que indagar el porqué, ir en búsqueda de aquello que nos deposita en el malestar constante. Es más sencillo "borrar" el dolor en el cuello con un antiinflamatorio que corregir la postura corporal o empezar a hacer ejercicios que nos fortalezcan la espalda. Y, claro, es más fácil comer mal que bien. Sin embargo, como bien indicaron todos los especialistas hasta aquí citados, no existe la magia. Ninguna pastilla borrará el dolor. Solo mejoraremos con un cambio de hábito: comer más liviano, tomar menos alcohol, trabajar con técnicas de relajación naturales, hacer deporte, evitar conductas disruptivas como el uso del celular en la cama. Y no automedicarse. Dice Damin: "No es necesario ir al gimnasio, hay que caminar, vivir mejor es mucho más fácil de lo que uno cree". La desmitificación de la incidencia de los medicamentos en nuestra salud no está relacionada con la necesaria existencia de remedios que nos ayuden en casos que sí los requieran. Ni dioses ni diablos. Entender que las pastillas de la suegra, la esperanza negra cantada por Calamaro, son un camino hacia una dependencia aborrecible desde cualquier ángulo. Ninguna verdad se esconde detrás de ese parnaso narcotizado. Solo el negocio, la mentira y la decadencia. http://www.conexionbrando.com/2055048-la-argentina-sobremedicada

miércoles, 27 de mayo de 2015

Ibuprofeno y paracetamol: cómo evitar efectos adversos

En la cartera, en la mesita de luz, donde sea. El ibuprofeno y el paracetamol están siempre a mano para acudir a ellos cuando aqueja el dolor de cabeza, una contractura se hace sentir o aparece la fiebre. De venta libre, la mayoría los toma sin leer siquiera el prospecto. Atenta a eso, la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) recomendó a los consumidores prestar atención a las indicaciones para evitar efectos adversos.El organismo informó que el ibuprofeno "es un medicamento que a dosis de hasta 1200 miligramos por día, en tres tomas de 400 cada 8 horas, está indicado para el alivio del dolor por no más de 5 días y para la fiebre por no más de 3 días". Y aclaró que "de persistir los síntomas por más de 48 o 72 horas, se debe consultar a un profesional médico". En cuanto al Paracetamol, la Anmat señaló que puede ser administrado cada 3, 4 o 6 horas, hasta llegar a la dosis de 4000 miligramos por día en caso de dolor o fiebre, y por un período de 3 a 5 días.
Pastillas

Cualquiera sea la droga utilizada, si los síntomas persisten por más de 48 o 72 horas, el organismo aconseja consultar al médico. Es el profesional quien puede decidir si es necesario aumentar la dosis o prolongar la ingesta “a través de la evaluación riesgo/beneficio, características del paciente y de su o sus patologías prevalentes”.
A través del Departamento de Farmacovigilancia de la Anmat, las autoridades vienen relevando las novedades internacionales y nacionales en seguridad de medicamentos, y publicando desde el año 2006 en su sitio web, las conclusiones que de ellas se desprenden. 
En ese marco, del análisis efectuado en la administración del informe elaborado por el Comité de Farmacovigilancia de la EMA (Agencia de Medicamentos Europea) el mes pasado, surge que los beneficios del ibuprofeno "son superiores a sus riesgos", pero recomienda que" se revise la información de su prospecto sobre la relación de la ingesta de dosis altas del fármaco y los trastornos cardiovasculares". 
No obstante, la Asociación de Agentes de Propaganda Médica (AAPM) alertó en los últimos días sobre la existencia de "advertencias" internacionales sobre los severos efectos del ibuprofeno y el paracetamol, los medicamentos de venta libre más consumidos en la Argentinahttp://www.clarin.com/buena-vida/salud/Ibuprofeno-paracetamol-aconsejan-prospecto-adversos_0_1361864140.html